NAPAL

NAPAL. UNA HISTORIA A TRAVÉS DE LOS DOCUMENTOS





         El caserío de Napal, en el Romanzado, se reparte a lo largo de una única calle. Son casas, montes y gentes que han creado y han vivido su propia historia, una historia que no queremos que se pierda.

         El Romanzado, a pesar del declive demográfico que padece, sigue siendo un lugar atractivo, lleno de pequeños rincones en donde el sabor rural se degusta con los cinco sentidos. Pero lo cierto es que, frente a esa imagen romántica e idílica, está esa dura realidad de despoblados, de pueblos abandonados, de pueblos con escasos síntomas de vida, y de pueblos con una media de edad que se me antoja excesivamente alta, y que se traduce en una perspectiva de vida nada halagüeña. Para mejor entender esto basta darse un paseo por Iso, por Orradre, o por otros núcleos de población del entorno. Veremos en ese paseo argollas en las que ya no se atan las caballerías, hornos en los que ya no se cuece el pan, cementerios cubiertos de maleza, iglesias sin culto y sin paredes, chimeneas sin humo, corrales sin pesebres, casas sin puerta y sin nadie que las habite. Son pueblos sin vida humana. Son pueblos a los que hay que ir con la sensibilidad despierta para saber leer en sus ruinas lo que un día fueron. Son pueblos que nos cuentan historias, y es bonito detenerse a escucharles.


         Sin ignorar esa dura realidad que vive el Romanzado, y también otros muchos pueblos y valles del pre-Pirineo navarro, simbolizada por esa brecha, o herida, que la naturaleza nos muestra en Arbayún, y admitiendo también que en el Romanzado hay también otros pueblos que mantienen un número estable de vecinos y una ilusión por salir adelante, vamos hoy a mirar a una de las localidades del Romanzado, a Napal, desde una perspectiva histórica, o mejor aún, desde la perspectiva de la historia de sus gentes.
         Para llegar hasta allí es necesario recorrer un tramo de cuatro kilómetros de estrecha carretera, en el que a mitad de camino, a un lado, dejamos la localidad de Orradre de la que ya nos ocuparemos próximamente.
         Napal se mantiene habitado, que no es poco, incluso con alguna casa muy bien arreglada, con piscina incluida, y en donde todavía en verano se oye a algún niño. Algunas casas se han esmerado en conservar su nombre exhibiendo el rótulo que las identifica, es el caso de Juankoenea, o el de casa Monreal. Y en algún rincón se detectan pequeños homenajes a las formas de vida de antaño, como lo es la presencia de unas ruedas de carro, la de un brabánt (arado), la de una tedera, la de unas viejas llaves, o la de unos cabezales de cama de hierro, por poner algún ejemplo. Y además se ven vecinos; se ve al señor que arregla su huerta, a las señoras que toman el sol en sus tumbonas, al señor que da vueltas y vueltas sobre un mismo sendero en una era, a la moza que tiende la ropa… Se respira tranquilidad y paz, mucha paz.
         No falta tampoco algún corral abandonado, o viejas cuadras. A cambio existe en Napal una nave moderna que es el mejor síntoma de vida laboral. Llama la atención una casa con solera, posiblemente palaciega, ajardinada con mimo, que luce sobre una ventana un símbolo compuesto por tres cruces unidas (la del centro, algo mayor, colocada sobre ¿la tierra?) que tal vez quiera evocarnos a la Santísima Trinidad, o a Cristo en el calvario con los dos ladrones; lo desconozco.




Historia

         Lamentablemente no son muchos los datos que conocemos sobre la historia de Napal. Sí que sabemos, según nos informa José de Cruchaga y Purroy en un pequeño trabajó que en su día elaboró para el diario “Navarra Hoy”, que en Napal existen al menos seis dólmenes. Algunos de ellos están en la bajada de Idokorri; otro puede verse al final del camino que sube a Ugarra, en el pequeño alto, a la izquierda; y otros dos, entre matorrales, bajando a Ugarrón. A estos hay que añadir, por proximidad, otro que había al lado del río, a la entrada de la foz, lamentablemente destruido durante una roturación; y otro un poco más arriba, en terreno de Imirizaldu.
         Por lo demás las primeras referencias documentales que encontramos de Napal datan del año 1326; se trata de una disputa que mantenían los vecinos de Napal, por un lado, con los de Zabalza y Guindano, por otro, a causa del uso de los pastos de Idocorri. Fue necesario que un tribunal de tres árbitros (Jimeno Jiménez de Bigüezal, canónigo de la iglesia catedral de Santa María de Pamplona, Rodrigo Pérez de San Vicente y Miguel Pérez), que el 18 de octubre de 1326 promulgaban una sentencia que ponía punto final a aquellas disputas.

         El primer censo de población lo encontramos en 1366, y nos desvela que en Napal tan sólo había 4 casas habitadas. A partir de ese año, analizando los censos, vemos que Napal poco a poco va incrementando su población, de forma progresiva (6 casas habitadas en 1428; 6 casas en 1726; y 11 casas en 1910), pero es en esa primera mitad del siglo XX cuando se produce una despoblación vertiginosa, hasta llegar a 2 casas habitadas en 1970.
         Allá por el año 1416 encontramos también algunos documentos referentes a ciertos arbitrios entre los pueblos de Aspurz, Zabalza, y Napal.
         En 1506 el rey Juan III y la reina Catalina perdonan a Pedro de Napal, vecino de dicho lugar, el pago de los 4 sueldos por cuartel que debía, concediéndole asimismo carta de hidalguía. A partir de ese momento se suceden los documentos que aluden a la historia de la vida cotidiana de los vecinos de Napal, documentos estos que aluden a pleitos por uso de pastos, a bueyes embargados, a bueyes defectuosos, incluso a indemnizaciones de dote por estupro (entiéndase violación).
         Vivían pocas familias, y en muchos casos mal avenidas. Vemos, por ejemplo, en el año 1625, a María de Lizuri pleiteando contra Martín Rodrigo y Catalina Orradre, porque se negaba a desalojar su casa. En 1712 vemos a Francisco Braco y a Catalina Orradre (obviamente no es la anterior) reñidos con el resto de los vecinos porque no les convocaban a las reuniones del concejo.
         A los dueños de casa Monreal no les faltaron pleitos; los vemos demandados por Sebastián de Sarasa, comendador de la encomienda de Indurain, que reclamaba al dueño de la casa, Martín de Mina, el pago de 24 robos de trigo de pecha. Entre los años 1783 y 1791 el dueño de casa Monreal, Juan Fermín de Ayanz, y su sucesor Juan José Izqueta, mantuvieron un pleito con dos vecinos de Berroya por culpa del uso de los pastos y de las aguas de herbaje.
         Y por citar un último documento, y así no cansar al lector, no puedo dejar de mencionar un documento curioso, lamentablemente incompleto, posiblemente del año 1782, sitúa en este año la extinción de las mecetas (fiestas).




Ugarra

         Muy cerca de Napal, y dentro de su término, nos encontramos con la ermita de San Esteban de Ugarra. Aparentemente es eso, una ermita; pero ha sido algo más, mucho más. San Esteban, en su soledad, representa el último vestigio de un antiguo núcleo de población, de Ugarra, despoblado desde hace muchos siglos.
         En el año 1366 el censo de población de Ugarra nos hablaba de tan sólo una casa habitada, la de Pedro de Xeméniz. Seis décadas después, en 1428, el censo nos daba a Ugarra como un lugar que ya estaba deshabitado.
         Encima de Napal, junto a la ripa, existe todavía hoy una pequeña cueva a la que antiguamente denominaban “la cueva de las mozas”; esta pequeña cueva, según la tradición oral, parece que algo tiene que ver con la despoblación de Ugarra. Y es que… la leyenda nos dice que en un momento de la historia de Ugarra una epidemia de cólera asoló este lugar afectando directamente a la única familia que allí habitaba. Parece que únicamente sobrevivieron dos hijas del amo, dos mozas, que se marcharon de Ugarra para refugiarse en la mencionada cueva que hay junto a Napal.
         Los vecinos de esta última localidad se preocuparon de subirles comida todos los días; se la dejaban sobre una losa que hay muy cerca de ese lugar, evitando así todo tipo de contacto con ellas, y en consecuencia toda posibilidad de contagio. Lo cierto es que aquellas dos mozas de Ugarra lograron sobrevivir gracias a la ayuda de los vecinos de Napal. Ya no regresaron ellas a vivir allí, sino que se quedaron en una de las casas de la localidad que les ayudó; y en agradecimiento regalaron el lugar de Ugarra a los vecinos de Napal.

         Lamentablemente no es una historia documentada; adquiere, por tanto, la categoría de leyenda. Pero lo cierto es que “la cueva de las mozas” mantiene su nombre, y que Ugarra desde entonces ha pertenecido a Napal. Por lo tanto, de estar ante un hecho real, lo situaríamos entre los años de 1366 y 1428 que es cuando se hicieron los dos censos que documentan el momento en que quedó despoblado. Todo ello suponiendo que en años posteriores no se volviese a habitar, algo que es improbable, y de lo que seguramente hubiese quedado una constancia documental.
         En cualquier caso hay algunas lagunas que no están claras. Por ejemplo, en 1544 el dueño de Ugarra era Lope de Esparza, palaciano además de Artieda y de Esparza. Contra él pleiteó el lugar de Napal porque el susodicho palaciano no les dejaba a los lugareños labrar esas tierras. Aquél pleito de 1544 nos sirve también para confirmar que en aquél momento seguía despoblado.
         En 1777 seguía despoblado, pero su propietario, así como los vecinos de Napal, se las tuvieron que ver con Juan Antonio Areso, presbítero y abad de la iglesia parroquial de Napal a causa del pago a la iglesia de las contribuciones vecinales.
         Lo cierto es que las hierbas de Ugarra se arrendaban, y también las aguas; y de ello se beneficiaban la Colegiata de Roncesvalles y el lugar de Napal. Algunos vecinos también se creían con derecho a beneficiarse de esos arriendos, como es el caso de Martín José de Leoz y de Juan José Sandua, naturales y vecinos de Napal, que durante los años 1793 y 1794 mantuvieron un intenso pleito sobre estos derechos que no les sirvió más que para perder dinero.
         Pocos años después, en 1805, volvemos a ver a Juan José Sandua pleiteando por los mismos motivos, solo que en esta ocasión el Fiscal era su aliado, contando igualmente con el apoyo de otros vecinos de Napal, incluso de algunos de los regidores, y también de un vecino de Arguedas; trataba de defender su prioridad en el arriendo de hierbas frente a la postura de otro vecino de Napal, Pedro José Olaverri, cuya causa estaba defendida por el lugar de Napal.
         El patrón de Ugarra era San Esteban, y a esta advocación estaba dedicada su iglesia, es decir, la actual ermita. En ese templo hubo en tiempos un cuadro pintado en el que se representaba la imagen del santo titular, pero alguien se lo vendió a un anticuario de la Ribera. Aquél cuadro, durante su estancia en la ermita, estuvo flanqueado por otras dos imágenes, la de San Blas y la de Santa Isabel, robadas hace unos años. Había también dos candelabros de hierro, con tres patas cada uno, que fueron vendidos junto con el cuadro. Es así como se pasó de un San Esteban pintado a un San Esteban de yeso.


         Desconozco si a día de hoy Napal mantiene alguna romería a San Esteban de Ugarra, creo que no; pero antes, al menos, sí que lo hacían. Antes de llegar al alto, a la izquierda del actual camino, los romeros se detenían junto a una cruz de hierro. En ese punto los vecinos se situaban mirando hacia el santuario de Ujué, y así, en esa dirección, le dedicaban los primeros rezos a la Virgen morena.

         Resumiendo, que Napal existe, que tiene su propia historia dentro de aquella que llamaron Tierra Romanzada, que tiene su propia personalidad, y que esconde muchos más secretos que los que aquí publicamos. Nos esforzaremos para que estos secretos no se pierdan. Hoy ponemos el primer grano.


Diario de Noticias, 19 de septiembre de 2005
Autor: Fernando Hualde

3 comentarios:

  1. Muy bueno el reportaje. Yo me apellido Napal y me gustaría saber si pudiera ser descendiente de este pueblo. Gracias.

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  2. Uno de mis apellidos tambien es Napal, proviene de Benito Napal (hacia 1750) que era natural de Lumbier

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  3. yo me apellido asi y naci en el sur argentino. lo unico q se es que mi abuelo vivio aca. me gustaria tanto saber el origen del apellido y de mi abuelo.

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