ISO

NOTA.- En el año 2009 se inauguró la variante del puerto de Iso. Este hecho permite hoy que las ruinas de esta localidad sean mucho más accesible, y queden al descubierto, visualmente, de cuantos circulan por esa carretera.


ISO, EL ÚLTIMO DESPOBLADO DEL ROMANZADO





         Muy próxima a la foz de Arbayún, en concreto a su mirador, se encuentra la pequeña localidad de Iso, lugar tutelado del valle del Romanzado. Hace pocos años que dejaron de residir en ella sus últimos moradores. Nos acercamos hoy a sus ruinas, con todo el lenguaje que éstas tienen, y las mostramos aquí conscientes de que en breves años poco será ya lo que quede de la estructura de estas casas.

         Hace apenas un par de domingos repasábamos aquí la historia de Navarzato, la que fuera octava villa roncalesa, y que quedó despoblada durante la segunda mitad del siglo XIII. La devoción a San Sebastian había hecho posible que casi ochocientos años después su iglesia, dedicada a este santo, no sólo seguía en pie, sino que además lo hacía en un aceptable estado de conservación.
         Pues bien, desde estas mismas páginas vamos a asistir hoy a un caso muy diferente. Nos vamos a acercar a la localidad de Iso, en el Romanzado; una localidad en la que hace escasos años todavía estaba habitada –al menos hasta 1981-, y de la que la Gran Enciclopedia Navarra, editada en 1990, nos hace una breve descripción de cómo era entonces la iglesia de San Fructuoso. ¿Es posible que en tan pocos años esta iglesia haya sufrido semejante deterioro?; pues sí, esta es la realidad, basta con ver las casas, y su rápido proceso ruinoso, para entender la situación actual de Iso.




El pueblo

         La localidad está situada en el valle del Romanzado, muy cerca de la carretera que une Lumbier con Navascués. Junto al alto de Iso (670 m.), antesala de la conocida Foz de Arbayún, y ascendiéndolo desde la parte de Lumbier, parte una pista por el lado izquierdo que nos lleva, en un kilómetro, hasta este lugar del Romanzado.
         Reconozco que hay ocasiones en las que me da un poco de miedo dar a conocer, o promocionar, estos rincones de la geografía foral, tanto más cuando veo que en el caso concreto de Iso algunas cuadrillas de..., vamos a llamarles mozalbetes para no caer en palabras mayores, han hecho de estos despoblados su cuartel general bajo un disfraz ácrata de “okupas”, dejando a su paso una triste y penosa huella perfectamente palpable y visible en cada una de sus casas. Han pintado sus paredes con frases de dudoso gusto, han roto puertas, ventanas y tabiques, han irrumpido en el cementerio profanando todo vestigio religioso –en este caso los medallones de las lápidas-, y han dejado sus desperdicios bien esparcidos. ¡Algo peor son estos carroñeros que los que habitan los roquedos de la cercana foz!. Esto explicaría un poco, en Iso, el actual estado ruinoso de sus casas e iglesia. Por supuesto que las inclemencias metereológicas y la ausencia de una mano amiga que mime un poco el entorno han hecho todo lo demás. A día de hoy, que yo sepa, tan sólo algún ganadero se aprovecha, para sus rebaños, del cobijo que todavía pueden prestar estas ruinas.


         Como cosa curiosa, en su día alguien colocó en uno de los edificios una puerta metálica grande tras la cual intuyo que se guardaría el tractor. La puerta conserva todavía hoy su letrero con el ruego de que no se aparque delante. Ironías de la vida.
         Por lo demás uno no deja de sentir un pequeño escalofrío al contemplar los vestigios de la iglesia de San Fructuoso, por no hablar de la bonita chimenea que subsiste en una de las casas, o de las portaladas de estas, o de las puertas arrancadas y tumbadas, o del bonito empedrado que todavía se conserva en el suelo de las entradas de esas viviendas. Todo, absolutamente todo, tiene su lenguaje. Todo nos transmite algo. Y en el caso de Iso se adivina un pueblo que ha vivido siempre para la ganadería; y se adivina un estilo de vida sencillo, austero. Y está allí, sólo, abandonado, perdiéndose, esperando a que tal vez con la próxima nevada acaben de hundirse sus tejados, que la chimenea se venga abajo, que los suelos de los pisos cedan, que las vigas de madera se pudran para siempre. La huella del tiempo es irreversible en estos lugares.
         Con un poco de cuidado, pues el peligro es claro, todavía puede observarse desde los huecos la estructura interna de sus casas, la cocina, las habitaciones, las cuadras con sus pesebres, las escaleras. Por no hablar de la iglesia, que ha perdido ya buena parte de su bóveda mostrándonos sus paredes desnudas. Quedan en ella los anclajes que sujetaban el retablo, quedan en sus paredes los restos de pintura que las revestían, quedan las capillas laterales con sus ventanas saeteras y sin más adorno que la propia pared, queda empotrada en el muro lo que pudo ser un aguabenditera, queda un bonito arco en piedra de arenisca como acceso a una de esas capillas –se me antoja que puso ser esa la sacristía-, queda..., no, no queda nada más. Tengo que recurrir a la Enciclopedia General Ilustrada del País Vasco (Editorial Auñamendi) para ver en una fotografía cómo era antaño la imagen exterior de esa iglesia dedicada a San Fructuoso, quien fuera patrón de este lugar, y a quien cada 20 de enero honraban dedicándole unas sencillas fiestas patronales. Las otras fiestas de Iso eran el 15 de mayo, para honrar a San Isidro.



         A través de la Gran Enciclopedia Navarra (CAN, 1990) sabemos que la parroquia de San Fructuoso conservaba –y en buena medida todavía la conserva- su aspecto primitivo de origen medieval “con torre prismática sobre el último tramo de los pies”. Dicen también que la pieza más importante de esta parroquia era la Cruz parroquial de plata, actualmente a buen recaudo en el Museo Diocesano de Pamplona.
         Y allí está también, no muy apartado, el cementerio de este lugar. Una puerta de hierro, coronada con una sencilla cruz, es la que da acceso al camposanto. Su interior está totalmente cubierto de maleza, y entre esta todavía se alzan tres lápidas que nos hablan de fallecimientos en los años 1931, 1937 y 1948; en ellas se recogen apellidos como Melero, Aristu, Escujuri...; una de ellas acoge los restos de un sargento de requetés, Gregorio Machín Melero, del Tercio Navarra, que murió en el año 1937 en el frente de Extremadura. Son vestigios de otros tiempos, de otras épocas, ya nadie les pone flores, ni limpia el camposanto, incluso el camino de acceso se ha perdido.




Su historia

         Iso ha sido siempre una localidad de pequeño tamaño. Sabemos que en el año 1427 y en 1553 contaba tan sólo con cuatro fuegos; y con tres en el año 1646. Cabe pensar que nunca llegó a tener más casas que las que ahora a duras penas sobreviven. El mayor número de habitantes que se le conoce es en el año 1857, con 38 habitantes; bien aprovechadas tuvieron que estar esas casas. En 1963 contaba con 3 habitantes, y 2 en 1970.
         Lo cierto es que tampoco atesora mucha historia este lugar. De la historia humana de sus gentes –de la que tantas veces nos olvidamos- poco se sabe, nadie se ha preocupado de rescatarla, y bueno sería que alguien se preocupase de recoger, al menos, los testimonios de sus últimos moradores.
         Por lo demás sabemos que en el año 1102 los vecinos de Iso eran infanzones, y que en aquél lejano año habían invadido los terrenos del término de Santa María de Uarra, propiedad del monasterio de Leire. Aquella acción nos sirve para saber hoy que, al menos en el siglo XII, la localidad de Iso ya existía. Y sabemos igualmente que en el siglo XV todos sus vecinos gozaban de la categoría de hidalgos.


         La localidad asistió en el siglo XIX a un episodio bélico importante. El 15 de junio de 1809, cuando un destacamento de las tropas francesas invasoras atravesaban este lugar dispuestos a dar un buen escarmiento a los valles pirenaicos navarros, se vieron sorprendidos por la acción guerrillera de los roncaleses quienes, no solo frenaron su avance, sino que les obligaron a replegarse hasta Lumbier, a la vez que les causaban nada menos que 130 bajas.
         Dicen que hasta las reformas municipales de 1835-1845 la localidad era gobernada por los diputados del valle del Romanzado y por un regidor del lugar, elegido este último por turno entre las tres casas existentes.
         En esa época, según nos cuenta Madoz en su diccionario, la parroquia estaba servida por un abad de provisión elegido por los vecinos. Y nos ampliaba la información de esta localidad dando a conocer que “junto a las casas hay una fuente para el surtido del vecindario”. El correo se recibía desde Lumbier, y el pueblo producía trigo y algunas hortalizas y legumbres, a la vez que criaba ganado vacuno y lanar. Este mismo diccionario, además de decirnos que en ese momento la localidad contaba con 24 vecinos, nos dice que el terreno de Iso es de secano y estéril, que atraviesa el término el río Salazar, y que tiene este un puente sobre la carretera que de Navascués y Roncal conduce a Lumbier pasando por este lugar. Todo parece indicar que en aquellos años de mitades del siglo XIX la carretera, por la que únicamente circulaban caballerías, carros y alguna diligencia, tan sólo permitía a estos vehículos recorrer los valles de Salazar y el Almiradío de Navascués; el puerto de Iso era accesible sólo con caballerías. Es por ello que en el año 1858 los valles de Roncal y de Salazar impulsaron la construcción de la carretera en el puerto de Iso para poder circular así hasta Lumbier. Ese conjunto de curvas que hoy conocemos junto a la Foz de Arbayún fue el que rompió el aislamiento orográfico a que estaban sometidos roncaleses y salacencos.


         Curiosamente, a día de hoy, este mismo puerto vuelve a ser caballo de batalla para el Almiradío y para el Valle de Salazar. Es una barrera que dificulta seriamente su desarrollo. Por ejemplo, un camión cargado de vigas no puede atravesar este puerto. Y teniendo en cuenta que esta es la única vía de acceso al Salazar desde Pamplona se convierte este puerto en un obstáculo importantísimo para el desarrollo de la zona. Y el proyecto de variante de Iso hace años que está sobre los planos, pero como los salacencos son pocos votos para nuestros gobernantes intuyo que tardarán en salir de ese aislamiento tercermundista a que se les somete desde la Administración; la misma Administración, por cierto, que estos días vende en FITUR las maravillas del Pirineo navarro, la belleza de sus pueblos y de sus parajes, la selva del Irati... Solo les falta acordarse del hombre pirenaico. ¿Es mucho pedir?.
         En fin, aunque el desahogo siempre es bueno, vamos a dejarnos de llantos plañideros que raras veces suelen servir de algo. Bien se vale de que al menos hace casi siglo y medio se hizo aquella carretera; de no haber sido así todavía veríamos hoy a los salacencos saliendo de su valle en almadías atravesando la Foz de Arbayún.




         Es precisamente desde esa carretera que sube desde Navascués hacia el mirador de la Foz de Arbayún desde donde, en una de sus curvas, se llega a ver el pueblo de Iso. El progresivo deterioro de la localidad permite intuir que en los próximos años asistiremos al hundimiento definitivo de todos los tejados, con la consiguiente repercusión en el resto de la estructura de las casas. Es ley de vida; pero no estaría de más que desde el Servicio de Patrimonio del Gobierno de Navarra, si es que no se ha hecho ya, se procediese a la catalogación de cada uno de los edificios de Iso, es decir: fotografías, medidas, planos, etc. No deja de ser una parte importante de nuestro patrimonio histórico, cultural y humano.


Diario de Noticias, 1 de febrero de 2004
Autor: Fernando Hualde


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